Nota del autor: Se ha omitido el apellido de la fuente principal y de su cónyuge a petición de los entrevistados, con el fin de resguardar su privacidad, su seguridad y su posición laboral dentro de la institución.
Justamente el 18 de octubre le tocó el día libre y había decidido destinar ese viernes a descansar y jugar a la pelota. Sin embargo, le resultó difícil relajarse. No por la tesis que debía entregar en diciembre, sino por pensar en los carabineros que trabajaban desde las 6 de la mañana producto de las masivas evasiones en el Metro. A Claudio, como oficial de la institución, no le gustaba la idea de quedarse de brazos cruzados mientras sus otros compañeros cumplían su labor en condiciones muy comprometidas.
Sospechaba de la posibilidad de que lo llamaran para apoyar a Fuerzas Especiales pese a que, producto de la formación académica, no había prestado servicio en la calle durante 5 años. Aparte de los conocimientos básicos que tiene cada uniformado, Claudio no había recibido mayor capacitación sobre los protocolos para actuar en manifestaciones callejeras. Aún así quería ir a ayudar. Esta sensación sólo aumentó cuando por la noche, la televisión mostraba los incendios en las estaciones de Metro. Durante la madrugada del 19 llegó la orden de presentarse para respaldar la labor en terreno. “El llamado del deber” diría Claudio después. Nunca se imaginó todo lo que vendría. Ese día Chile despertó y no vio con buenos ojos a los carabineros.
El carabinero
Claudio tiene el aspecto de una persona tranquila. Su familia y amigos opinan de manera similar. Quizás sea la característica que más resalta de él, aparte de un mechón canoso que se ve fuera de lugar en su cabellera negra. Tiene 29 años, rasgos suaves, mejillas hinchadas, ojos algo inexpresivos y no muy amplios. Es difícil imaginarlo equipado con un traje antidisturbios de Fuerzas Especiales y con un rifle de perdigones en la mano. “El no es un carabinero de calle. Es un carabinero más de oficina, con su ingeniería y magister” explica su esposa Andrea. Y no es por menos, de los 12 años que lleva dentro de la institución, ha dedicado los últimos 5 a completar sus estudios en la Academia de Ciencias Policiales. También entrena para maratones. “Es un hombre muy perseverante que vive a fondo su actividad como Carabinero”, explica su entrenador José quien lo conoce hace 10 años.
En su transcurso como oficial ha experimentado distintas manifestaciones, como las estudiantiles del 2011 mientras trabajaba en la Región de O’Higgins. Sin embargo, sus últimos recuerdos trabajando en calle no se parecerían en nada a lo que viviría a partir del 19 de octubre. “Fue chocante el cambio total. Aparte, yo venía con la imagen del carabinero de provincia, el que ayudaba en todo; para cualquier cuestión que se les ocurriera, llamaban a un carabinero […] e ingresar a esto… fue chocante”.
21 días después del día D
El día más difícil que le tocó trabajar a Claudio fue el 8 de noviembre. Para ese entonces se cumplían 21 días desde el inicio del estallido social. Las cifras del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) indicaban que para las 14:00 horas de ese viernes había 5.565 detenidos y 1.915 personas heridas (Ver fuente). 182 de ellas presentaban heridas oculares. Ese mismo día Gustavo Gatica perdería la visión producto de balines disparados por Carabineros, junto con otras 8 personas que recibieron lesiones en los ojos.
Claudio sabía que esa jornada no sería fácil. Le habían asignado un punto neurálgico del conflicto: la intersección de Avenida Vicuña Mackenna con la calle Carabineros de Chile, a solo metros de la Plaza Baquedano (también llamada Plaza Dignidad). A esa hora, antes de que llegaran las columnas de manifestantes, los alrededores de la plaza ya parecían un campo de batalla desierto. Pero era cosa de tiempo para que el escenario cambiara; al día siguiente, la Intendencia Metropolitana cifraría en más de 70.000 los asistentes a la marcha.
La Plaza Dignidad no era un lugar seguro para un carabinero. Según declaraciones oficiales del gobierno, a inicios de esa semana había 947 efectivos heridos producto de su labor en manifestaciones, aunque Ciper pondría en duda esta cifra reduciéndola a 161.
Desde hace días que Claudio no dormía bien y era agotador llevar el traje de protección durante tantas jornadas seguidas. Ahora bien, comprendía perfectamente que sin él era muy probable que llegara a casa con algo más que un moretón.
Esperaba la llegada de manifestantes o que pasara algo que requiriera la intervención de su piquete de Carabineros. Como desde el inicio de la crisis, Claudio tenía la tarea de liderar una sección de los efectivos en terreno. Tenía la confianza para hacerlo gracias a su experiencia y preparación. Eventualmente, la hora de actuar llegó. Mientras que unos marchaban pacíficamente al ritmo de “El Baile de los que Sobran” de Los Prisioneros, otros ya se preparaban para enfrentar a Carabineros. “(Ese día) Fui testigo de un nivel de violencia que jamás había visto” diría Claudio un mes después de los hechos.
La protesta estaba citada para las 17:00, pero los enfrentamientos comenzaron antes. Primero fueron los cantos: “Paco maraco, pelea sin guanaco”, “paco culiao, cafiche del Estado”, entre otros. De pronto comienzan a volar las piedras, fierros, bolitas de metal. Incluso utilizaron un alambre de púas para reventar los neumáticos de los carros policiales.
A pesar de los esfuerzos, el grupo de Claudio se vio obligado a retroceder dos cuadras por Vicuña Mackenna, a la misma hora que estaba programado el inicio la marcha. Los encapuchados aprovecharon esto para armar barricadas en la calle con postes, escombros y dos quioscos. No importaba cuantas lacrimógenas lanzaran, no lograban ahuyentarlos. Simplemente eran muchos para confrontar. “(Vi) Una masa de más de 2.000 personas que lo único que quería era atacar a Carabineros”. Esa noche su esposa Andrea lo esperaría despierta hasta tarde.
La batalla duraría hasta el anochecer. En el entretanto se incendiaría el Campus Plaza Italia de la Universidad Pedro de Valdivia, saquearían la Parroquia de la Asunción y la Embajada de Argentina también resultaría atacada con piedras y con cocteles molotov. Solamente ya bien entrada la noche es que Plaza Dignidad pudo volver a la relativa tranquilidad.
“Es verdad lo que dicen”, relata Claudio más adelante. “El pueblo unido jamás será vencido”. Vendrían días similares a ese.
El lado B del estallido
Tiene una voz cansada mientras habla por teléfono. Ya ha pasado un mes desde los hechos narrados, pero él ha seguido trabajado al mismo ritmo. Gracias a su profesión, Claudio ha tenido el puesto privilegiado para ver las consecuencias de los destrozos, lo que queda después de las marchas. Él describe que ha visto de cerca la impotencia, rabia y pena de personas que fueron saqueadas y que personalmente él ha extremado esfuerzos para ayudarlos, sea llevando bolsas para ellos o prestando su cuerpo como escudo. Para mediados de noviembre la Confederación Nacional de la Micro, Pequeña y Mediana Empresa de Chile (Conapyme) cifra que 20.000 empresas podrían declararse en quiebra producto del estallido social. “Muchos chilenos no han sido capaces de dimensionar esta crisis social y la delincuencia que esta crisis ha generado”, declara.
“Hemos aguantado bastante” dice Claudio después de haber cumplido casi dos meses trabajando en protestas. Tiene aguante sin duda, hace poco le informaron que va a retomar sus estudios para terminar su preparación académica, por lo que ya no tendrá que utilizar el uniforme de Fuerzas Especiales. Lo que le dio valor todo este tiempo, fueron aquellas muestras de cariño de su esposa, familia y la de muchos que los han apoyado de manera silenciosa.
No comparte del todo las causas del estallido social a excepción de mejorar las pensiones para los adultos mayores. Si bien reconoce que existen grandes desigualdades dentro del país, considera que “muchos de los problemas sociales del país pueden estar condicionados (…) a que la gente espera mucho o no se logra los esfuerzos y sacrificios que tiene que tener”.
A pesar de todas las críticas y denuncias sobre vulneración a los Derechos Humanos que han caído sobre Carabineros por parte de ONGs como Amnistía Internacional o Human Rights Watch, Claudio está satisfecho con su trabajo. “Contento porque es una necesidad país. Yo creo, y considero que el 99% de los Carabineros, nos sentimos que lo hemos hecho bien”. Reconoce que ha habido casos que se pueden haber sobrepasado o equivocado, pero aparte siente que los medios de comunicación y los delincuentes han aumentado el valor de los errores de su institución. Sin embargo, admite que puede haber casos en los que Carabineros no hable con la verdad: “Miedo”, explica, “miedo es lo que puede haber que por decir la verdad a lo mejor puedas tener alguna otra consecuencia.”
Al día siguiente de esta entrevista, la ONU publicaría un informe lapidario sobre la violación de los Derechos Humanos en Chile efectuado principalmente por Carabineros.

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